Plantando árboles en el Rincón de la Victoria

 A principios de diciembre, mis compañeros Javier Lorenzo, Mara Gregor, Sofía Román y yo acudimos a una actividad organizada por el ayuntamiento del Rincón de la Victoria cuyo fin era contribuir a la reforestación de un área verde a las afueras del núcleo urbano.

Mis compañeros y yo durante la actividad

A lo largo de la mañana, plantamos varios pequeños tallos que, dentro de un tiempo, se convertirán en grandes arbustos que permitirán fijar el suelo al tiempo que cubrirán la de momento árida superficie con hojas verdes.

Creo que es muy importante que los humanos mantengamos nuestra histórica conexión con la naturaleza. Al fin y al cabo, nosotros somos parte de ella, emanamos de ella. Aunque a menudo se nos olvide, todo cuanto nos parece ‘artificial’, los ordenadores, los puentes, los automóviles… emanan de orígenes naturales. Hasta los rascacielos de cristal de Nueva York están hechos con la misma arena fundida que una vez se dejó llevar por el viento del Sahara, o que fue traída a una playa remota por el mecer eterno de las olas del mar. Como ya estableció Bakunin en Dios y el estado, todo es natural, siendo lo artificial una ilusión fruto de la soberbia del hombre, que trata de separase a sí mismo de la materia original. Debemos superar nuestro ego destructor y reconciliarnos, humildemente, con nuestra naturaleza. Por eso creo en proyectos como este, consistentes en plantar árboles y matorrales a las puertas mismas de una activa urbe de la costa del sol. Por eso, quizás, se dice que toda persona debería, en su vida, además de escribir un libro y tener un hijo, plantar un árbol. Porque, sin el árbol, ¿sobre qué papel escribiríamos la novela, y de qué rama tomaría el niño los frutos de los que alimentarse? Se nos olvida que, para producir, es necesario apoyarse sobre la naturaleza, porque ella somos nosotros, y ella son también nuestros productos.

Quizás es por esto, porque todo radica en la naturaleza, que todo lo que valía la pena en el Jardín del Edén colgaba de las ramas de dos árboles. Y en vista de que ya no somos ya bienvenidos en ese enclave mítico, creo que es hora de que aprendamos a plantar, con nuestras robustas hoces, nuestros propios árboles de la ciencia.



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